En algunos puntos de San Miguel de Tucumán se pueden caminar muchas cuadras sin encontrar un solo cesto para tirar la basura. El vandalismo arrasó con los pocos que quedaban. Hoy son una especie en extinción. Ni siquiera los contenedores que instaló la administración de Rossana Chahla lograron terminar con los papeles tirados en las peatonales, las botellas de plástico abandonadas en las plazas, las bolsas con desperdicios junto a los árboles y los microbasurales que florecen en los rincones más impensados.

El problema no es nuevo. Ya en 2020, un sondeo de Dallatorre Consultores reveló que el 64% de los tucumanos consideraba que la ciudad estaba descuidada. Siete de cada diez encuestados señalaron entonces que la acumulación de basura se debía a la falta de cultura ciudadana. El dato más llamativo, sin embargo, fue otro: son los propios vecinos de la capital los que más sucia y descuidada ven su ciudad (71,30%). En contraste, apenas uno de cada 10 tucumanos la consideraban linda y cuidada.

Pasaron seis años desde aquel sondeo y la historia no cambió demasiado. La basura sigue acumulándose, los cestos siguen desapareciendo y la sensación de abandono persiste. La pregunta incómoda es: ¿qué tenemos que hacer para dejar de ser una ciudad sucia?

La secretaria de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán, Julieta Migliavacca, dijo que se han erradicado ennun 40% los basurales a cielo abierto; en 2024 se ha declarado la emergencia ambiental y se han implementado programas como el “Separá”, que promueve la recolección diferenciada de residuos secos y limpios, y se instalaron más de 19 puntos verdes en la ciudad.

Pero no hay una respuesta mágica. Pero tal vez el primer paso sea dejar de echarle la culpa al otro. El vecino que tira un papel al piso porque total “ya está todo sucio”. El comerciante que deja sus residuos fuera del horario permitido. El automovilista que arroja una bolsa por la ventanilla en un descampado. Todos somos parte del problema. Y también podemos ser parte de la solución.

El problema trasciende lo visual. La basura apilada en cada esquina contamina el aire con hedores insoportables, obstruye los canales pluviales y transforma cada lluvia en una amenaza de anegamiento. Pero el peligro más silencioso acecha en los microbasurales: allí se incuban enfermedades que afectan a toda la comunidad. El dengue, la chikunguña y otras infecciones encuentran en esos focos el caldo de cultivo perfecto para propagarse sin freno.

Como dice el viejo refrán, “la ciudad más limpia no es la que más se barre, sino la que menos se ensucia”. Ninguna cuadrilla de limpieza, por más eficiente que sea, puede compensar la falta de conciencia ciudadana. Los especialistas coinciden en un punto incómodo: educar y reciclar ayuda, pero no resuelve el problema. Se necesita una presencia activa en la calle, gente que organice, que prevenga y que también multe.

La infraestructura importa. Hacen falta más cestos, tal vez más frecuencia de recolección. Pero sin un cambio cultural, sin responsabilidad ciudadana, por más cestos que se instalen, la ciudad seguirá siendo un basural a cielo abierto. “Sin el acompañamiento de los vecinos no se puede sostener el cambio”, dijo la funcionaria. El gran desafío es poder coordinar las tareas de las autoridades y alcanzar una adecuada concientizacióm ciudadana para ese cambio.